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UN PARTIDO MÁS

  • hace 1 día
  • 4 min de lectura

¿Puede un partido de fútbol ser solo un partido? A partir del triunfo argentino frente a Inglaterra, este artículo recorre los cruces entre deporte, memoria, identidad y soberanía.

Escribe: Tobías Corvalán

EL RAYO DESPOLITIZADOR En un primer tiempo durísimo y en un segundo tiempo roto, Argentina le volvió a ganar a Inglaterra en un mano a mano atravesado por ese mosaico complejo, que es la memoria popular. Por más que, en la previa del partido, con declaraciones contradictorias, los jugadores se ubicaran en la misma línea que Scaloni, quien, al igual que Bilardo en el 86, declaró que se trataba de "solo un partido de fútbol". 

El imperialismo británico, las invasiones inglesas, la ocupación ilegítima de las Malvinas, el reclamo histórico, el Himno a las Malvinas, la Guerra, la Dictadura, el Mundial 78, Rattin, el Diego, La Mano de Dios, el Gol del Siglo, el Partido, los barras contra lo hooligans, la revancha simbólica, los Héroes de Malvinas… ¿Quién no quería volver a robarle al ladrón?

Antes del partido leía por ahí que se hablaba del encuentro entre estas dos selecciones como si  las disputas de poder y las problemáticas sociales no fueran un universo inabarcable que envuelve a todas las esferas de la vida, inclusive al futbol.

Pero desde el minuto cero fue evidente: “el que no salta es inglés” se coreaba arriba del himno britanico y, particularmente, no recuerdo otro partido en el que la Scaloneta cantara con tanta fuerza el himno argentino frente al frustrado intento del público inglés de taparlo con abucheos. 

La pretendida despolitización del fútbol es hipócrita. El Mundial ha sido utilizado como herramienta política desde siempre: podemos empezar con Mussolini en el 34, pasar por Videla en el 78 y llegar hasta Trump este año, que hizo lo que se le antojó, incluso modificar decisiones reglamentarias de la FIFA. Pero es hipócrita porque ese "rayo despolitizador" parece activarse solo cuando los reclamos políticos que emergen desde la cancha incomodan a los poderosos: cuando flamea una bandera palestina, cuando hablan los jugadores iraníes, cuando los argentinos recuerdan a los pibes caídos en Malvinas.

Mientras tanto a un señor naranja que amenazó con desaparecer a toda una civilización, invadió y secuestró al presidente de otro país, y bombardeó una escuela con 168 niñas, la FIFA le inventa un premio de la Paz.

Y otra vez. Así como en el 1986, la victoria nos pega fuertísimo. Hasta las lágrimas.  Mucho más que contra Croacia en 2022 o Países Bajos en 2024 .

Lágrimas de Memoria. 

 SON INDIOS Se escuchó mucho después del partido que Argentina por fin había aparecido. Déjenme disentir. 

En una publicación de Instagram el escritor y ex jugador de Kurt Luttman, luego del partido contra Cabo Verde se preguntaba cómo es que hemos construido una forma tan soberbia de mirar futbol ante las críticas de los medios de comunicación:

“No puede ser que un equipo Africano nos ponga en Jaque grita el ego de un enano parado sobre un banquito.”

Argentina ganó jugando al mismo fútbol que mostró contra el fuertísimo Cabo Verde, contra ese Egipto atrevido y contra la sólida Suiza. Argentina se llevó puesto a Inglaterra con la mejor versión del fútbol argentino que ha sabido construir Scaloni junto a su cuerpo técnico: actitud, paciencia y buen juego.  

No es fácil jugar bien con el marcador en contra; tampoco es fácil que se te escape un partido cuando te alcanzan un 2 a 0. De Qatar hasta aquí no hay más que continuidad.  Scaloni ya había anticipado: “El Mundial es algo muy difícil. Para mí el componente de ganar un Mundial es que se junten un montón de cosas, no sólo jugar bien.”. 

Y Argentina juega bien. Mientras “montón de cosas” podemos intentar resumirlo en esa frase polémica que usó Scaloni: “son indios.”, no les pesa los partidos. no les pesa ir abajo, no se desesperan si van perdiendo.

Los ingleses podrán haber inventado el fútbol, pero en Argentina jugamos a la pelota.

QUE JAMÁS OLVIDARÉ

Después de esta semifinal, que logró poner los reclamos de soberanía y el sentimiento nacional ante los ojos del mundo, en el Congreso de la Nación se jugaba otro partido de similares características.  

El proyecto de inviolabilidad de la propiedad privada, presentado por el Gobierno nacional, implica un brutal ataque a la soberanía nacional: permite la entrega de tierras estratégicas de frontera, no pone límites a la extranjerización de la tierra, habilita desalojos exprés para inquilinos, no contempla a los pueblos originarios ni a las comunidades campesinas que habitan esos territorios, limita aún más el poder del Estado para expropiar bienes en función del interés público y elimina la asignación de recursos para los barrios populares, entre otros perjuicios. 

Y ese partido también se ganó: su tratamiento en el recinto fue postergado y el oficialismo pasó la sesión a cuarto intermedio tras no conseguir los votos suficientes. 

Quizás lo que pasó el Miércoles haya ayudado. Tal vez no se trató de “un partido más”.


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