top of page

EL LARGO MIEDO

De la mano de un narrador omnisciente, conocemos la historia de Manuel Escudero, nuestro personaje principal. Cuento realista, sobre el inicio de la etapa más oscura de la historia argentina.


Escribe: Roberto Rinaldi

Arte: Ramiro Alonso

 

Las primeras casas del pueblo aparecían y desaparecían entre la niebla del amanecer. Pequeñas rayas de luz amarillenta, provenientes de la farola de la estación, se filtraban cayendo sobre los techos y sobre unos tamarindos cercanos. Había una especie de cortina de humo húmedo en las puertas del día.


Ahora, desde algún lugar de la memoria despierta el recuerdo, empujando al pensamiento a ponerse en estado de alerta. Han pasado algunos años. ¿O habrán sido algunos días? ¿Dónde perdió su estrella el hombre? ¿Dónde se dividió?


La carbonilla del andén crujía bajo los pies de Manuel Escudero. El día se presentaba nublado y desgraciado. Cuando llegó el coche motor, subió con su familia, su poco equipaje y algunos sueños. Se acomodaron en dos asientos sucios y fríos, dispuestos a la modorra de unas cuantas horas de campo, tierra y traqueteo monótono del tren; hasta llegar al lugar en el que intentarían una nueva vida. Mejor o desigual. Partir con medio corazón, dejar las calles que fueron siempre propias, el aire, la mansedumbre del pueblo, era partir deshecho. Así se marchó Manuel Escudero. Los tiempos del país eran muy malos, la voluntad grande y el trabajo poco.


La ilusión era a lo único que podía echar mano para poder alegrarse alguna vez que otra.


Cuando partieron, el mañana era un sol dudoso... Sobre sus cabezas, algunas nubes picoteaban las vías. Nadie estaba en la estación para despedirlos. El banco gris, viejo, frente a la boletería permanecía vacío. El jefe que había oficiado de boletero, no salió de su oficina.


Pronto llegaron a Monte Comán. Un sinnúmero de trenes, humo negro y espeso, carbón de piedra en todo lugar, ramales de vías con gente trabajando, un cambista enganchando vagones de vino Pángaro, carromatos con madera y pasto, hierros que crujen todavía en la memoria, calderas que soplaban. La fertilidad del trabajo en la principal estación del sur. Después, el largo trecho de campo. Las miles de hectáreas de algarrobos y jarillales. Escudero cerró los ojos y se le enredaron las cosas, era la primera vez que dejaba su pueblo. Viajaba como un autómata. Miraba lo que lo rodeaba y en un estado de ensoñación veía a quienes lo acompañaban: en el asiento de enfrente dos ancianos, uno de ellos llevaba una muleta descansando sobre sus rodillas. Más adelante una señora con varios niños que correteaban por el pasillo del coche, hasta que el guarda los hizo sentar. Al lado de Manuel, su esposa embarazada, una sobrina en igual estado y su hijo de cuatro años. Las dos mujeres hablaban de los días por venir, con voluntad resignada, más que con esperanza. Una de ellas tejía una bufanda, perdió unos puntos y distraída los volvió a colocar. El niño jugaba con un carretel de hilo y un elastiquín, tironeaba de la punta del tapizado del asiento y la madre le dio un coscorrón. 


Alcanzó a divisar, sobre la madera de soporte del ventanal, una leyenda grabada con lápiz: “Usa la boca para comer y verás la lluvia”. El coche motor seguía su camino de campo. Sobre un palo de alambrado vigilaba el espacio un águila mora. Con profundidad le llegaba a la nariz el almizcle de un zorro gris. Después del cruce por Ñacuñán, se quedó dormido, hasta que el frenar del coche y el chirriar de las ruedas lo despertó, habían llegado a Ingeniero Giannoni, último destino. Buscó en el bolsillo del pantalón el papel con la dirección, preguntó a un lugareño y tras unas pocas cuadras, encontró la casa en la que iban a vivir a partir de ahora. La casa era sencilla, generosa, rodeada de calles de tierra, nogales y viña. Muy parecido a su pueblo, a tantos pueblos agricultores de Mendoza.


Los dueños de casa los recibieron con una bondad mansa, propia de la gente humilde, acostumbrada a enfrentar el duro trajín de las tareas agrícolas. La patrona tendió enseguida un mantel verde oscuro sobre la mesa, trajo un pan casero, una comida con abundantes verduras y los invitó; las mujeres y el niño sí lo hicieron. Escudero desistió y aceptó unos mates. Conversaron con alegría y confianza sobre el trabajo venidero. Por ahora, sería la cosecha de uvas y nueces. Más adelante se vería si habría algo por hacer. Cuando pasó a la habitación que tenía destinada, lavó sus pies hinchados por el largo viaje, cambió su calzado, salió después con Miranda, el anfitrión, a conocer la finca.


Por el callejón desbordado de nogales, recordaron al amigo en común, que allá en su pueblo consiguió este amparo con el que ahora contaba. Pasó la tarde arreglando sus cosas y sus proyectos. Hojeó una página del diario del día, topándose con títulos amenazadores de golpe de estado, enfrentamientos guerrilleros, miedo, muerte. Se intranquilizó pero al acostarse por la noche junto a su pequeño, sintió la necesidad de serenarse, por su familia. Dio innumerables vueltas sobre la cama; sentía frío. Al fin se durmió. Al día siguiente se levantó muy temprano, desayunó con una rodaja de pan tostado y mate amargo. Luego, acompañó a Miranda hasta la ciudad de San Martín, donde realizaría algunos trámites en el municipio con relación a la cosecha, que ya había empezado. Cuando llegaron, los encontró la triste noticia… Los militares habían tomado el país. En la esquina de la plaza, vio a un grupo de soldados con la mirada llena de amenazas y las armas prontas, estúpidas. La gente pasaba con un andar silencioso y triste, con la sangre hirviendo pero llorando por dentro. A Escudero la desazón le barrió la voluntad. Quería salir corriendo.


Quiso echar a volar, sin embargo sus piernas y brazos permanecían agarrotados. Dispusieron regresar. Finalmente, pasaron por la casa de un conocido de Miranda, a buscar unas herramientas para la cosecha. Ahí supieron que la policía y el ejército andaban tras el rastro de personas que tuvieran literatura política, que se estaban llevando gente y libros quién sabe a dónde. Se le clavó un cuchillo en el pecho. Escudero acopiaba material escrito por los guerrilleros que andaban dándole pelea a los gobiernos tiranos de América. No tenía conocimiento de política alguna; para él, la derecha o la izquierda no lo terminaban de convencer. Sostenía que en todo lugar el hombre y el niño, pasaban diversos sometimientos; sabía que la inocencia, la luz de lo posible, siempre había sido pisoteada por los dueños del mundo. Admiraba la pelea de Sandino por su tierra, Martí por Cuba, luego Fidel Castro y el Che Guevara, por el resto de estas tierras. Pensaba que era la misma lucha que libraron el General San Martín y Güemes por la Argentina. Todos detrás de una libertad amenazada que necesitaba ser protegida. Entonces, conseguía fotografías y láminas que colgaba en las paredes de su casa.


Recordaba los libros que leía con atención. Nunca imaginó que leer pudiese ser prohibido.


El resto del viaje hacia Giannoni lo hicieron en silencio. Con torpeza meditaba qué decisión tomar. Al atardecer, conversó la novedad con su esposa y resolvió volver a su pueblo al día siguiente. Sentía un temor que le corroía el estómago. No cenó nada. Por seguridad viajaría solo. 


Tomó un largo trago de agua con una aspirina y se acostó. “El hombre odia a veces, mas por los suyos no quiere caer en el vacío. Entonces sueña que no volverá a ocurrir…” Algo le revolvía la paz. Se la acechaban.


La sombra del miedo corrió toda la noche por las verijas de Manuel Escudero. Dejaba de respirar de a ratitos para tranquilizarse y sentía los bombazos del corazón, queriendo abrirle la cabeza. El viento se refregaba sobre las chapas de zinc del techo. Le parecía escuchar pasos seguros, secos, alguien venía por un agujero de la noche, golpeando la tierra dura del camino con el taco de unas botas, pegando en las ramas de chilcas que crecían a la orilla, con la punta del fusil. El perro de la casa lo acompañaba con su temor, ladrando con un gemido lastimero, escondido en el hueco seco de una raíz de nogal. Eran los pasos cojonudos de quien tiene al poder arrodillado. Escudero esperaba el amanecer para cobijarse en la piedad del día. ¡Temblaba! ¿Nunca amanecería?


Afuera, la noche lunar se desplazaba cálida y mansa para otros. El vapor del miedo le hervía en la cara. A las cuatro de la mañana no aguantó más y se levantó, se enjuagó el amargor de la boca con un poco de agua helada, encendió un cigarrillo y se puso a caminar por el patio de la casa. Cuando llegó la mañana se despidió, masticó un terrón de azúcar, tomó un pequeño bolso y caminó hasta la estación. Subió al tren que viajaba a General Alvear.


Fue un viaje insoportable, aterrador. En el mismo coche, iba también un grupo de soldados; Escudero transpiró para adentro. Las manos pálidas por la mortificación. La mañana, seca y calurosa, llenaba todo de tierra. Pensaba que si miraba a alguien se iba a traicionar. Decidió dormitar pero cerraba los ojos y tropas de soldados se le venían encima. Lo acosaban los recuerdos de otros golpes, ese pavor a las armas, a los uniformes. Esa angustia de la nación quebrada.


Miró largo rato al suelo, no le interesaba el paisaje que le mostraba el ventanal; le parecía gris, lejano. Lo atacaban palpitaciones, enormes ganas de orinar, fue al baño y se quedó largo rato tratando de encontrar serenidad. Volvió al asiento, se acurrucó en la orilla y permaneció así, semidormido. Cuando por fin llegaron a su pueblo y pisó la tierra de la estación, le vino a la memoria un enfrentamiento en la ciudad de La Plata donde cayó muerto un joven de Real del Padre, hijo de uno de los dueños de la gran fábrica que sostenía el pan de una buena parte de la población. Ese muchacho se había hecho guerrillero y eso le costó la vida. Manuel Escudero supuso que ese antecedente serviría a las fuerzas de seguridad para andar revisando todas las casas que quisieran. El camino a su hogar le resultó eterno, la transpiración le mojaba la cara y le bajaba por las manos. En su casa lo esperaba un silencio largo, lleno de inquietud y un olor a encierro, a humedad. Una mirada a las paredes le devolvió el alma al cuerpo: todo estaba en su lugar. Deshojó con apuro revistas y libros, bajó láminas y fotografías, hizo un montón en el medio de la estufa a leña y encendió.


Desde una tapa de un libro que ardía, la cara del Che Guevara ondulaba y parecía cobrar vida, mirándolo y no, como entendiendo y perdonando su cobardía. Cuando terminó la tarea, salió a la calle. Necesitaba tomar aire fresco, preguntarles a sus conocidos, a la gente del pueblo. Se enteró que en General Alvear ya había desaparecido un grupo de personas. Anduvo caminando el resto de la tarde, presintió una especie de agujero negro que se tragaba al pensamiento, machacándolo. Lo atacó una tristeza enorme. Volvió a la casa y se encerró en el dormitorio. Se sentó sobre la cama y se largó a llorar.


 
 
 

Comentarios


bottom of page